Dolor, amor, y platos sucios

Crema de queso San Simón sobre sopa de violetas, crujiente de miel y cristal de violeta en Lúa, por Rosa Ardá

Nunca antes había dejado de disfrutar de un Tapas&Blogs. Hace unos meses me perdí el primero de esta temporada, estaba en Donosti cubriendo San Sebastián Gastronomika, y aunque pude haber salido hacia Madrid ese mismo jueves, preferí quedarme un día más con mi familia.

En enero llegó Madrid Fusión, y algo me dijo que esos días debía dejar los congresos de lado y rodar de nuevo hacia Donosti para ver a mi familia, y estar cerca de mi padre. Ambas fueron decisiones muy acertadas, pues esa sería la última semana que él pasó en casa. Cuando yo llegaba a Madrid, él subía a una ambulancia rumbo al hospital para no volver jamás a casa. Mes y medio después, murió.

Landa, una parada tradicional (y de postín) en la A1


Llevo veinticinco años viviendo en Madrid, y eso para una donostiarra significa miles de kilómetros invertidos en la Nacional 1, carretera Madrid-Irún. Los primeros años viajaba en el Talgo o en autobús, aquellos Continental Auto que me dejaban en una u otra orilla tras seis horas y media de viaje. Las cosas no han cambiado mucho en estos años, tan solo una hora menos de tránsito en ambos medios de transporte, de manera que, salvo excepciones, siempre subo a Donosti en coche.

Normalmente paro los minutos necesarios para estirar las piernas, repostar, o emular a Madonna en Quintanapalla, sin atender demasiado dónde lo hago. Desfiladero, Quintanapalla, El Descanso La Pausa, o uno de esos eriales en los que las mujeres no encontramos dónde aliviar el esfinter, me ven parar y arrancar el coche en viajes poco exigentes, en los que el objetivo es el disfrute.

Dirty Dishes, Culos de Vaso y mis trompas blogueras

Hace un par de semanas hice algo que pensé que nunca iba a volver a hacer: abrí dos blogs en Tumblr. Como una madre ya madura que ve criados sus retoños y echa en falta un bebé, me lancé sin demasiada premeditación a alumbrar dos nuevas criaturas, Dirty Dishes y Culos de Vaso, consecuencia ambos de tener relaciones con redes sociales sin protección. Creo que tras ellos debería ligarme las trompas blogueras, que la vaca no da para más.

Estos dos proyectos no son nada serio, más bien una travesura que me divierte mucho y me exige muy poco esfuerzo, dos fotoblogs de elaboración casi instantánea, sendos spin off de mi actividad en Instagram. Una forma de agrupar las imágenes para que no se pierdan entre las demás.

Dirty Dishes se empezó a gestar tras una comida, contemplando cómo había quedado el plato tras zamparnos un picadillo de matanza. Un par de fotos con el iPhone, unos filtros y ajustes con Camera+ o PEStudio y directo a Instagram. Me gustó el resultado, y en los días siguientes seguí fotografiando platos y tazas tras la batalla, agrupados con el hashtag #dirtydishes.

Parkinson no es solo temblor


Hoy dejo las cucharas en el cajón para hablar de cosas menos floridas. Hace tiempo fui contando en Twitter bajo el hashtag #nosolotemblor, los síntomas del Parkinson, esos padecimientos desconocidos para la mayoría de la gente que no tiene un enfermo de EP cerca. Aquellos días, como hoy, estaba cerca de mi padre, que padece la enfermedad desde hace más de veinticinco años.

A menudo escucho bromas a las que intento no dar importancia: "es que tengo Parkinson", cuando alguien temblequea; "es que tengo Alzheimer", cuando a alguien se le olvidan las llaves de casa. Nos duele lo que nos toca y nos descojona lo ajeno. Cosas con las que hay que vivir, sin remedio.

Cuando surge el tema y alguien me pregunta qué enfermedad ha llevado a mi padre a la demencia y el nulo control sobre su cuerpo, al responder Parkinson, adivino gestos de extrañeza. Y hablan del temblor, un temblor que no siempre aparece, dependiendo del tipo de EP que se padezca.

De charla en Mumumío

Charlar con Isabel es siempre una gozada, por eso, cuando me propuso grabar para Mumumío TV no lo dudé un momento, y aunque cuando hay una camara delante me suelo poner nerviosa, en esta ocasión no fue así. La cámara de Álvaro casi ni se dejaba sentir, y esta era sencillamente una conversación más con Isabel. He aquí el resultado. 

Desayuno Saludable en clase Preferente de Renfe

Desayuno Saludable en calse preferente de Renfe

Cinco horas y media de tren dan para mucho. Para leer el periódico, tuitear a saco, desayunar y escribirlo en un post. Hoy no cuento historias, os invito a que compartáis conmigo estas microviandas y os dejo la elección un poco más fácil si caéis en un Alvia en clase preferente, y os preguntan qué queréis desayunar.

En el viaje de ida me dejaron la carta en la mesa -para que escoja señora, dijeron. Escogí el desayuno Saludable (una de las dos opciones existentes) y me dijeron -lo sentimos, solo tenemos Caliente (el sugestivo y lúbrico nombre de la segunda opción). Paqué preguntas, pensé yo.

El desayuno Caliente lleva un plato salado, en ese caso unas salchichitas como deditos de bebe y un revuelto que más bien resulta una tortilla desfigurada. Según el día cambian la opción, no tiene mala pinta pero no lo probé, no puedo deciros más.

La cena de empresa


La buena noticia llegó un segundo antes que la mala: 

- Haremos una cena para los empleados por Navidad. La daremos en el hotel y la cocinaréis vosotros. 

¿A qué mente se le pudo ocurrir semejante idea diabólica?

Mirábamos a un lado y a otro, y esperábamos el momento en que alguien nos dijera que era una broma, que solo querían ver nuestras caras perplejas, que éramos poco menos que la sal de la vida, los más cachondos de todo el engranaje, y que por nada del mundo se perderían nuestros chascarrillos a pie de mesa. 

Pero no, iba en serio, y poco después nos llegó el menú que teníamos que preparar para la cena de empresa. Empresa a la que hasta ese momento creíamos pertenecer.

La familia

Imagen de Daquella Manera en Flickr

La familia. Así es como se llama a la brigada de los restaurantes a la hora de comer. ¿Qué come hoy la familia? Esa era la pregunta que se planteaba todas las mañanas a eso de las once. Unos días la respuesta era clara y abierta, otros se convertía en una contraseña que solo conocía el elegido, aquel que debía bajar a la cámara en busca de una bandeja de comida atrasada, obteniendo como mezquina recompensa un filete recién cortado. 

La familia comía a las doce. La mesa de servicio se vaciaba de cazuelas, mondas y tablas de cortar, para dar cobijo a platos y cubiertos. Comer en una mesa de trabajo de metal, alta como ella sola, nos hacía parecer a todos niños pequeños, con las cabecitas asomando junto al plato. Tampoco era muy cómodo sortear las ollas que se guardaban en la parte baja, así que comíamos con las piernas o bien muy abiertas, o juntas y ladeadas. 

La hora de la comida era momento de desbarre, de pullas y cachondeos. Cada día había una estrella invitada a la que se apretaban las tuercas: el marmitón, el Señor Estrés, La Gorda, o el pastelero, todos acabábamos pasado por la piedra. También dábamos buena caña al jefe, que en aquella mesa era uno más con la barbilla rozando el sobre. 

Momofuku Noodle Bar


Hace ya más de un mes que volví de Nueva York y no pasa un día en que no sueñe con un bol de ramen de Momofuku Noodle Bar. Esta era una de las paradas innegociables en el viaje; desde que vi a David Chang en San Sebastian Gastronomika 2010, tuve como objetivo conocer la casa madre de su imperio gastro.

A mi familia le daba igual ocho que ochenta, no compartían ninguno de los sentimientos que me llevaban al 171 de la First Avenue. Se puede decir que iban tras de mí con el único objetivo de comer y seguir pateando. Yo deseaba, esperaba, más, mucho más que solo comer.

El local se funde en la calle como un camaleón, con una fachada pensada para no destacar (ni falta que hace). Moderno, atestado, y limpio de formas, a la entrada nos recibió una gran mesa común dispuesta junto al ventanal. Más adelante estrechas mesas y taburetes de madera, y a la izquierda la joya: la cocina/barra de la que salen los platos.

De cómo un huevo me salvó el culo

Esta historia se remonta al Clásico Tardío Maya, cuando me calzaba la chaquetilla a diario. Los domingos en la cocina tenían un tinte especial: mortecinos, somnolientos, vacíos. Al comedor llegaban escasos clientes, algún vasco alojado en el hotel y acaso una familia despistada sin norte dónde comer. La noche canalla me devolvía allí hormigueante de sueño y en la puerta me saludaba mi jefe de partida con algún exabrupto. Era un hombre estresado, que además de las diez horas de servicio se apretaba a diario el trabajo de fondo del restaurante de su familia.

Los domingos el jefe de cocina libraba, y todo lo manejábamos entre tres. Nos sobraba tiempo y tedio. Algunos clientes del hotel bajaban al comedor y saludaban en la cocina. Nos pedían algo fuera de carta para comer como en casa, y salían por Madrid a quemar la tarde. El maître entró en la cocina con una comanda en la mano mientras con la otra se ordenaba los genitales, como era su costumbre.

- Marcha un consomé con huevo para el Señor Pollas.

El consomé siempre estaba en el mismo cazo, en el mismo lugar, en la mesa de servicio bajo la partida. Calentábamos una ración y la servíamos. Al cogerlo me pareció diferente y pregunté al Señor Estrés, mi jefe a la sazón.