La yogurtera, o cómo hacer yogur en casa


Dice Mikel Lopez Iturriaga que no hay cosa más triste que una yogurtera a la que le faltan botes y no anda escaso de razón. En mi casa materna es al revés, desconozco qué fue del aparato, pero los frascos sobreviven y casi cuarenta años después de haber trasegado leche y fermentos lácticos, ahora guardan orgullosos restos de salsas, perejiles picados y otras hierbas.

Recuerdo cuando mis padres compraron la yogurtera. Entonces el yogur no era lo que es ahora y en las tiendas lo había natural, de plátano, de fresa, de limón y de coco. Más tarde llegaron los tropezones y luego se desató la locura en el mercado. Llegaron Carmen Machi y Coronado a dar testimonio de sus virtudes reguladoras y a animar nuestro tránsito. Un ejército de Lactobacilus Casei Inmunitas conquistó las neveras de los españolitos prometiendo inmunidad y caímos rendidos ante la tontería láctica.

Nazareno


149 kilómetros. Parada en La Cueva de Roa a ver la nada de un sábado de Semana Santa en las ruinas del recuerdo familiar. Desvío a Peñafiel para descubrir que Pago de Carraovejas solo abre de lunes a viernes y vuelta a Roa de Duero tras un lechazo que han prometido excelente.

A las dos atravesamos la puerta de Nazareno y el comedor vacío nos recibe. Del fondo, dejando el horno un minuto, sale un hombre desconcertado anunciando que es pronto, que mejor a las dos y media, que están empezando con lo suyo.

Paseo por un pueblo que concentra su movida en una esquina de la plaza. Parada reglamentaria en el bar de al lado del que atiestan los lugareños a libar una caña y un Ribera, y a tomar el pulso local.

Comercios donostiarras de siempre


No sé si fue el viento o la nostalgia, pero allí, frente a la playa, los ojos se me llenaron de lágrimas. Guardé unos minutos para despedirme de la ciudad en soledad, en el lugar donde lo hice amargamente hace un año, observando una ciudad en constante ansia de primavera, allá donde los donostiarras acuden en cuanto el sol asoma.

Día y medio de paseos por Donosti, día y medio de familia y recuerdos, de amigos y sol. La tarde en la que llegué, apareció en mi timeline un tuit de @juanlarzabal que remitía a un escrito sobre La dulce Donosti en el que sus recuerdos de niñez rescataban aquellos salones en los que se paraba el tiempo: Maíz, Casa Otaegui, la tienda de café de Garibay, Los Italianos...

En mis ojos una sonrisa, a mi lado, mi madre. 81 años y la memoria intacta. Esto lo va a disfrutar, me dije, y comencé a leerle el artículo de Javier.

StreetXo


¿Está comiendo tu gente? Desde las esquinas del ring se escucha esta acelerada pregunta en un momento de nerviosismo. Hay que estar muy bien engrasado para cocinar al desnudo a menos de un metro del comensal y el equipo de StreetXo lo está. No hay mesas, no hay sillas, no busques taburetes, aquí se viene a comer sin importar el cómo, a disfrutar de pie; si quieres sobremesa, ve a otro lugar.

La demora no importa si disfrutas observando el trance en el que se sume un equipo de cocina, la sugestión colectiva e individual. Si es así, escudriñarás cada estante, cada centímetro del fogón. Verás el sudor correr por las frentes junto al wok en llamas, darás un último adiós a los cangrejos apuntillados con mano diestra, bendito Chilli Crab.

2012


No soy amiga de hacer resúmenes a final de año, ni tan siquiera si es Facebook quien te los ofrece en forma de imágenes, pero este 2012 que acaba ha sido una montaña rusa y siento la necesidad de hacerlo. Este año he vivido lo peor y lo mejor. El dolor de los primeros meses dio paso a la ilusión sin dejar que me hundiera en la tristeza, tan solo una tregua de 15 días oscuros.

En enero visité a mi familia en Donosti y, cuando al despedirme miré a mi padre, presentí que podía ser la última vez que lo veía con vida. No fue exactamente así, pero después de ese viernes él nunca más volvió a casa. La siguiente vez que cogí su mano estaba en un hospital. Me miraba con una sonrisa y los ojos enfocados en otra película, ajeno por momentos a la realidad. Pasaba de decir con voz clara -estoy bien, a perderse en vericuetos verbales y vitales inalcanzables para nosotros. El pronóstico pintaba mal, tan mal como pinta el final. 

El cuchillo

Imagen de Limbte en Flickr

Fuera el calor levantaba las aceras. Agosto en aquella cocina era promesa de sudor y agotamiento, de anarquía y trabajo irregular. Bebíamos agua y cerveza para mantener el tipo, nuestros riñones no dejaban de filtrar en todo el día. De la frente a la nariz, un canal de agua permanente, nadábamos empapados en sudor toda la jornada.

Shaggy nos había dejado al inaugurar el mes para disfrutar del descanso en su pueblo natal, lejos de presupuestos y piezas enmohecidas. 007 también se tomó su asueto veraniego para ir en busca de unas ingles que lo soportaran. La tropa tomaba el mando y las ausencias empezaban a dejarse notar.

Al frente de la cocina un agotado Señor Estrés se esmeraba por anotar méritos en su boletín de calificaciones. Dirigiendo la sala The Little Man, eterno gregario de la cosa. Ambos asumieron sus papeles con brío y establecieron una competición en la que se sacudían las cuitas acumuladas durante el último año. Convertidos en jefes durante varias semanas, era el momento de chocar sus cornamentas.

Desayuno en Maddiola


Maddiola es nuestra casa Donostiarra desde hace años. Cuando no me duermo en los laureles y consigo reservar a tiempo, nos alojamos allí en las visitas familiares a Donosti. No debería escribir ni una palabra más si quiero tener alguna posibilidad de pillar fecha libre en el futuro, pues en esta casa el boca a boca, alimentado por un entorno impresionante y una atención cercana y familiar, es el que hace que los huéspedes lleguen más allá de Polipaso, se conviertan en amigos y repitan estancia una y otra vez.

El desayuno es una de las bazas de esta casa. A partir de las 9:00, Patxi y Edurne, ayudados por sus hijas Olaia y Maddi, sirven el desayuno en la zona común de la casa. En Invierno se agradece la chimenea encendida de la sala interior y, en verano, compensa desayunar en una de las mesas pequeñas de la galería con tal de ver el cantábrico en calma desde Francia hasta Bizkaia.

Ourense engancha, Ourense enamora

Ourense-27
Imagen vía @luisete en Flickr

Ourense engancha. Ourense enamora. Sabía de sus virtudes a través de la pasión que Alfonso derrocha por su tierra. Que se come bien, decía, que hay una gente sensacional. Que el agua hierve en el centro de la ciudad, que tenía que ir, me repetía.

Y hace unas semanas llegué allí, en una nueva aventura de Tapas&Blogs, esta vez amparada por Orentour y acogida por la cálida gente blogger que inicia una nueva aventura tapabloguera en Galicia. En menos de cuarenta y ocho horas íbamos a descubrir la ciudad, sus calles, su gente, sus productos y su comida. 

Un paseo de tapas por  zona vella de Ourense

 

Descubrimos mucho más; que la lluvia de Galicia moldea un carácter acogedor a sus gentes (vale, en Ourense llueve menos, apuntado queda). La primera etapa la cubrimos a pie y distribuidos en grupos para poder tapear de manera ordenada y simultánea en varios lugares del casco antiguo o zona vella.

El sentido práctico de los hashtags en eventos 2.0

Imagen de defaulterror en Flickr

Los hashtags se crearon para agrupar conversaciones en torno a un tema común. La primera vez que vi uno fue en el EBE. Bueno, la verdad es que en el EBE he tenido innumerables primeras veces 2.0, pero esa es otra historia. Aquel esbozo de palabra precedida por una almohadilla aparecía en todos los tweets que salpicaban dos enormes pantallas y pregunté.
-Si pinchas aquí, podrás ver todo lo que la gente está hablando sobre esta charla.
Me hice una idea a pesar de que hasta ese minuto no entendía Twitter y mis esfuerzos por utilizarlo habían sido tan estériles como torpes. Para todo hay una primera vez.

A partir de ese día comencé un aprendizaje exponencial que me llevó por varias etapas. Se habla mucho de los usos de Twitter, de cómo se debe o no utilizar y es cierto que a todos nos rechina como lo usa fulanito o menganito, pero creo que simplemente es cuestión de evolución. Que todo llega, cada uno a su tiempo y estilo.

Poco a poco vamos interiorizando usos, pasamos de agradecerlo todo a pleno pulmón a hacerlo de forma más discreta, solo para los interesados; en un rapto de amor, hacemos Follow Friday a nuestra madre, que hace el cocido como nadie pero no tiene cuenta de Twitter, hasta que caemos en la cuenta de que quizá mejor no. Utilizamos hashtags para partirnos el lomo con los colegas hasta que nos cala su función más útil y ya no nos hacen tanta gracia esos haikus almohadillados.

Filetes tripartitos y la marmita del consomé

Imagen de Daquella Manera en Flickr

Durante el tiempo que trabajé en cocina y años después de dejar la profesión, tuve verdaderos problemas para escoger mi menú ante la carta de un restaurante. Si el local no tenía mucho trasiego y la carta era interminable, desechaba pedir pescado y me iba hacia las carnes, no sin antes reprimir unas enormes ganas de salir corriendo. Los filetes empanados, que tan buenos momentos me dieron de pequeña, se convirtieron en comida prohibida que solo tomaba al calor de mi casa. Las preparaciones en salsa gozaban de mi desconfianza absoluta tras años de recibir órdenes como esta:
- Gorda, quita el trozo de moho del redondo y levántalo con la salsa. 
Mi paso por la cocina que dirigía Shaggy me dejó socialmente tullida. Nadie quería estar cerca de mí a la hora de pedir en un restaurante. Años más tarde empece a olvidar, pero en días como hoy, me vienen a la cabeza estos recuerdos y empiezo a oler el peligro.

Cuando algún incauto pedía escalopines o marchaban un filete empanado desde la cafetería, Shaggy salia del cuarto frío con su cuerpo delgado arqueado formando un escondite perfecto en la cadera, donde guardaba de las miradas una suerte de acordeón de carne. Eran lo que yo llamaba filetes tripartitos, unas piezas lisas obtenidas tras aplicar dos cortes incompletos a una masa informe de carne. Cuando llegaba junto a mí, me lo entregaba susurrando instrucciones de espalmarlo bien para que pareciera un filete de verdad. Entonces yo gritaba: 
- ¡Marchando un filete tripartito!
Y se escuchaba una risa explosiva salir de la partida de pescados, mientras Shaggy se alejaba diciendo:
-La cabrona de la gorda...