Dice Mikel Lopez Iturriaga que no hay cosa más triste que una yogurtera a la que le faltan botes y no anda escaso de razón. En mi casa materna es al revés, desconozco qué fue del aparato, pero los frascos sobreviven y casi cuarenta años después de haber trasegado leche y fermentos lácticos, ahora guardan orgullosos restos de salsas, perejiles picados y otras hierbas.
Recuerdo cuando mis padres compraron la yogurtera. Entonces el yogur no era lo que es ahora y en las tiendas lo había natural, de plátano, de fresa, de limón y de coco. Más tarde llegaron los tropezones y luego se desató la locura en el mercado. Llegaron Carmen Machi y Coronado a dar testimonio de sus virtudes reguladoras y a animar nuestro tránsito. Un ejército de Lactobacilus Casei Inmunitas conquistó las neveras de los españolitos prometiendo inmunidad y caímos rendidos ante la tontería láctica.




