Llevo veinticinco años viviendo en Madrid, y eso para una donostiarra significa miles de kilómetros invertidos en la Nacional 1, carretera Madrid-Irún. Los primeros años viajaba en el Talgo o en autobús, aquellos Continental Auto que me dejaban en una u otra orilla tras seis horas y media de viaje. Las cosas no han cambiado mucho en estos años, tan solo una hora menos de tránsito en ambos medios de transporte, de manera que, salvo excepciones, siempre subo a Donosti en coche.

Normalmente paro los minutos necesarios para estirar las piernas, repostar, o emular a Madonna en Quintanapalla, sin atender demasiado dónde lo hago. Desfiladero, Quintanapalla, El Descanso La Pausa, o uno de esos eriales en los que las mujeres no encontramos dónde aliviar el esfinter, me ven parar y arrancar el coche en viajes poco exigentes, en los que el objetivo es el disfrute.

Pero estas semanas están siendo complicadas, y voy y vengo constantemente. Son viajes en los que no se sabe cuándo, una vez en destino, vas a comer ni qué, horas a pie de cama, desorden y pérdida de la noción del tiempo, así que, visto el panorama, tomé la decisión de parar en cada trayecto en uno de los lugares míticos de la A1, el bar del Hotel Landa, en las puertas de Burgos.

Landa es una parada elitista, escogida por no pocos bilbainos y donostiarras en tránsito. Parar en Landa es algo más que comerse un pincho y salir corriendo, para muchos, forma parte de un estilo de vida. Para mí significa caldo caliente y reparador, tres cuartos de hora de deliciosa soledad y ceremonia rompiendo huevos sobre morcilla, y un enorme sillón en el que reposar el cuerpo mientras como.


El lugar es regio, presidido por un torreón de piedra y un quiosco de música en la plaza arbolada. Una vez dentro, una barra articula distintos ambientes: una bonita pero incomodísima mesa común que da el toque de modernidad necesario en estos tiempos, mesas de madera, sofás de cuero negro, sillas rústicas, una chimenea, rincones singulares y un servicio uniformado con un toque de folclore.

Al llegar te toman nota al momento. La carta de raciones y entrepanes reposa ensartada en un tenedor de madera sobre un vaso. Es atractiva y sugestiva. La morcilla con huevos fritos es la star de la casa, el consomé, perfecto para el frío del alma, las croquetas demasiado minimalistas pero buenas, el pan con tomate y paletilla ibérica muy digno y lucido.


Las Reinosas de media mañana llegan junto al café con leche y resaltan ante este, servido (espero que circunstancialmente) con un triste toque hospitalario. Sin embargo, el café solo que cierra la pitanza de mediodía, es realmente bueno. El servicio es rápido, acorde con una posada que se nutre de la carretera, pero es conveniente pedir la cuenta junto al café, por si las dispersiones.

Dije que esta es una parada elitista, y quienes paran habitualmente, saben que no resulta barato repostar calorías aquí. Huevos con morcilla, consomé, agua, pan y café solo, 18 euros. Media ración de morcilla, pan con tomate y paletilla, agua y café solo, 14 euros. Un café con leche y una reinosa, 4,5 euros.

El domingo volveré a parar de nuevo, vuelvo a casa por unos días. Será a media mañana, un buen momento para darle otra oportunidad al cafe con leche. Por supuesto, con una Reinosa que lo corteje.

Landa

Carretera A1, km 235, 09001, Burgos.